¿Hay un amor más grande que el un animal?
Oléo sobre lienzo . 70x90cm
“La consagración del amor” es mi último trabajo y, probablemente, una de las obras más personales que he pintado hasta ahora.
En ella aparece una mujer sentada, rodeada de seis perros que sosteniendo entre sus brazos a un conejo. No hay una escena extraordinaria ni una historia concreta que explicar. No hay acción. Solo un grupo de seres vivos compartiendo un mismo espacio. Una imagen íntima y personal.
Y, precisamente, ahí está lo que quería pintar.
El amor que no necesita palabras
Siempre he pensado que el amor que nos ofrecen los animales tiene algo difícil de explicar. Es un amor que no necesita palabras, que no pregunta quiénes somos, qué tenemos o qué podemos ofrecer a cambio.
Está.
Nos espera.
Nos reconoce.
Nos acompaña.
Por eso decidí llamar a esta obra “La consagración del amor”. Porque creo que todos aquellos que hemos tenido la oportunidad de convivir con animales conocemos, aunque sea de una manera íntima y difícil de poner en palabras, la dimensión de ese vínculo.
Pero no quería pintar simplemente una escena de afecto entre una mujer y sus animales. Quería hablar de algo más profundo: del reconocimiento mutuo y de la posibilidad de compartir la vida sin dominación.
Los animales de esta pintura no están ahí como accesorios de la figura humana. Tampoco son símbolos. No representan la fidelidad, la ternura, la protección o la compañía.
Son ellos mismos.
Cada uno ocupa su lugar, tiene su presencia y forma parte de ese pequeño universo que he construido sobre el lienzo.
Una familia que no necesita parecerse
La mujer ocupa el centro de la composición, pero no está por encima de los demás. Está rodeada por ellos y, al mismo tiempo, forma parte de ellos.
El conejo entre sus brazos establece un vínculo especialmente íntimo, mientras los perros construyen alrededor una especie de círculo protector y afectivo. Sus miradas, sus cuerpos y sus diferentes actitudes crean una escena tranquila, casi suspendida en el tiempo.
Me interesa esa idea de familia que no necesita compartir sangre, especie ni lenguaje para reconocerse como tal.
Quizás hemos aprendido a pensar que cuidar a un animal significa tenerlo, protegerlo o poseerlo. Yo prefiero imaginar otra relación: una en la que nadie pertenece a nadie y en la que compartir la vida implica también una responsabilidad.
Porque ellos no son nuestros. Compartimos el mundo con ellos.
Esta obra también habla de mi propia pintura, representa para mí una especie de consagración personal como artista.
No porque considere que haya llegado a un punto final —todo lo contrario—, sino porque siento que en ella confluyen muchas de las cosas que he ido buscando durante estos últimos años.
Es una pintura más serena, más reflexionada y más completa. He trabajado cada figura, cada mirada y cada relación entre los personajes intentando encontrar un equilibrio entre la realidad y mi propio universo pictórico.
Siento que en ella mi pintura empieza a hablar con una voz más segura. Una voz que ya no necesita explicar tanto. Una voz que empieza a reconocer cuál es el mundo que quiere construir.
Pintar un mundo diferente
Mi trabajo gira cada vez con más claridad alrededor de una pregunta: ¿Qué ocurriría si fuéramos capaces de relacionarnos con el resto de las especies desde el respeto y no desde la dominación?
No quiero representar animales como víctimas. No quiero que necesiten nuestra compasión para tener valor.
Quiero pintarlos vivos, presentes, dignos y capaces de establecer vínculos.
Por eso esta escena es deliberadamente tranquila.
No hay miedo.
No hay amenaza.
No hay sufrimiento.
Solo convivencia.
Quizás sea una pequeña utopía. Pero creo que el arte también puede servir para imaginar aquello que todavía no existe.
Y esta es la razón más profunda por la que pinto. Quiero pintar un mundo en el que el miedo desaparece.
La consagración del amor es, para mí, una celebración de ese mundo posible. De los animales que nos enseñan a querer sin palabras. De los vínculos que atraviesan las especies. Y también de mi propio camino como artista.
Porque, al final, quizá amar sea algo mucho más sencillo de lo que hemos aprendido: estar juntos sin necesidad de poseernos.

